La muerte de una empresa

Enron tuvo un gran auge. Fue considerada una de las empresas más innovadoras del mundo —si no las más innovadora—. Y en el momento más decisivo, nadie vio que su exitosa trayectoria terminaría en un futuro próximo.

El favorito de los años 90 fue amado por todos. Sus accionistas enloquecían mientras veían que sus inversiones subían de $20 por acción (en 1998) hasta $90 por cada una (en el 2001).

Sin embargo, la caída de Enron fue tan dura y rápida como su ascenso. En el 2002, Enron valía un gran cero; se había ido a la bancarrota.

«La mejor compañía del mundo»

Jeffrey Skilling y Kenneth Lay, CEO’s de Enron, describieron su compañía con una confianza inquebrantable; dijeron que era «la mejor compañía del mundo». Estas palabras fueron tan audaces como las que pronunció James Cameron al referirse al Titanic: «Dios mismo no podría hundir este barco». Una completa ironía envolvió ambos casos.

Su confianza y su dinamismo los llevó a mirar más allá de lo que estaban haciendo bien. Como tantas otras empresas, tenían una gran ambición y decidieron abarcar nuevos escenarios.

Durante la burbuja de las puntocom, Enron se llevó por delante a las empresas de Internet e inició varias «compañías». Más que negocios reales, estas representaban planes para hacerse rico de la noche a la mañana.

Enron se debilitaba en un mundo de negocios en el que los movimientos eran agresivos y arriesgados. Se hizo público el hecho de que llegaron a maquillar sus cuentas con la esperanza de solventar los «agujeros de su barco», el cual se hundía.

En cuestión de un año, Enron, el grande de la industria de 70.000 millones de dólares —nombrado por la revista Fortune como «La compañía más innovadora de Estados Unidos» durante seis años seguidos— se declaraba en bancarrota.

Por suerte, tú y yo no somos Enron, pero eso no significa que no podamos aprender de sus errores.

Éxito vs. fracaso: dos caras de una misma moneda

Cuanto más quieres, más rápido caes

Lo vi cuando emprendí mi sueño de crear JotForm y todavía lo veo, 12 años después. Los empresarios tienen algo bueno, y es suficiente por un tiempo. Pero a medida que pasan los meses algunos de ellos quieren más —más dinero, más notoriedad, más impacto—.

Esto es sutil al principio y de alguna manera inofensivo; comienzan monitoreando a su competencia. Pero después de un tiempo, se aproximan más a sus competidores. Y llega un momento en el que el anhelo «de más» se vuelve tan poderoso que no pueden resistirse y pierden el foco concentrándose demasiado en su competencia.

Esa falta de concentración termina siendo su peor error. He visto a innumerables empresarios ser víctimas de esto. No están haciendo nada ilegal, poco ético o codicioso, no. Tan solo son víctimas de un impulso propio del ser humano: el impulso de ir por más.